Las últimas investigaciones históricas no están en condiciones, hoy por hoy, de realizar una interpretación global del problema de los bandos. Sin embargo, sí nos son conocidas algunas claves que permiten una aproximación a esta, en apariencia, violencia anárquica.
Que las luchas de bandos no se reducen exclusivamnete a una serie de rivalidades entre familias poderosas es generalmente admitido. De hecho las luchas entre facciones nobiliarias no son algo exclusivo de Euskal Herria. Lo que ocurre es que en su seno esconden conflictos entre señores y labradores, o entre el naciente mundo urbano y la sociedad rural tradicional, o también entre los propios nobles. La época que parte de la descomposición del antiguo mundo feudal hasta la implantación progresiva de la economia de mercado, con la consiguiente aparición de nuevas clases sociales, fue de permanente coonflictividad en todo el continente europeo. Ahora bien, esta conflictividad está revestida de unas caracteristicas eespecíficas, según el área que estudiemos. Aunque someramente, veamos todo ello.
A decir verdad la sociedad vasca de los siglos medievales no es bien conocida. Especialmente en lo que se refiere a los estratos más bajos de la población, sus condiciones de vida y los lazos que los ligaban a sus superiores en la jerarquía social. Con todo hay caracteríticas que no han pasado desapercibidas.
La primera de ellas es su gran atraso (por decirlo de alguna manera) con respecto a otros países vecinos. En el área oceánica de Euskal Herria el desarrollo agrícola había sido muy débil, si apenas capacidad para la producción de excedentes. Históricamente este problema tuvo su reflejo en la estructura social. Para los romanos esta zona no tenía apenas atractivos, excepción hecha de algunas explotaciones mineras. La romanización, entendida esta como la implantación de las intituciones y cultura latinas, fue muy superficial. Por ello cuando se produjo la definitiva crisis del Imperio romano, aquí no existía la clásica unidad de explotación agraria romana, la villa o fundis, sobre la que pudieran ejercer su dominio nuevas élites. Ni exisistía tampoco una amplia capa de la población privada de libertad, es decir, que bajo la égida de Roma hubiera prestado su trabajo en condiciones de exclavitud. La presencia romana no supuso, por lo tanto, la disolución traumática de la antigua organización socio-política. Siglos mas tarde la tardía cristianización es una prueba de que Euskal Herria permanecía alejada de modelos sociales que se revelavan relativamente hegemónicas.
Todavía en el siglo XIV las relaciones sociales giraban, en gran medida, en torno a las familias extensas. Con ello no queremos decir que éstas se mantuvieran como en los tiempos de los pueblos pastoriles -caristios, várdulos...- De hecho, desde entonces se había producido un moderado desarrollo agrícola y el asentamiento de familias en un determinado solar. Para el historiador Banús y Aguirre, esta sedentarización no condujo a una total disolución de los antiguos vínculos de tipo gentilicio. Es mas, en su opinión, la configuración de los linajes vascos es fruto de la evolución de aquellos vínculos, y, concretamente, la localización geográfica de los bandos oñacino y gamboíno responde a la línea de penetración de los pueblos, por este orden, várdulo y caristio, desde la llanada alavesa hasta el bajo Pais Vasco, siguiendo el curso de los rios.
Pero vayamos por partes. Qué eran los linajes y los bandos? ya hemos dicho que en Euskal Herria imperaba un tipo de familia extensa, de la que incluso también formaban parte los hijos bastardos. Este tipo de familia está inmersa en un grupo social más amplio: el linaje. Según Caro Baroja, el linaje está constituido por una sucesión de individuos a lo largo de los tiempos y las generaciones, considerándose en esta sucesión una línea tan solo: el padre, el abuelo paterno, el padre del abuelo materno... Por su parte Ignacio Arocena explica la formación del bando por agrupación de linajes que proceden del mismo tronco o entre los que se anudan lazos de parentesco.
En lo que a la nobleza se refiere, numerosas áreas de Europa conocieron a partir del siglo XI un intenso reforzamiento de los vínculos basados en el parentesco. En palabras del historiador Pierre Bonnassie, la quiebra de la autoridad pública, el consiguiente aumento de la violencia y las luchas entabladas para captar los primeros frutos del crecimiento económico trajeron consigo la aparición de una verdadera conciencia de linaje (concertación entre parientes, aunque fuesen lejanos para cualquier acontecimiento importante.... Pero ello no debe inducir a pensar que las relaciones sociales se daban en un plano de total horizontalidad. Al contrario, en Euskal Herria, los linajes y los bandos estaban claramente estratificados.
A la cabeza de cada linaje se situaban los Parientes Mayores (Ahaide nagusiak, Handikiak). Estos llevaban el nombre del solar de donde procedía el linaje. De generación en generación, su poder se acrecentó de manera considerable. A sus antiguas funciones como jefes militares se habían superpuesto importantes privilegios de tipo económico. Patronatos eclesiásticos, diezmos, ferrerías, molinos, bosques, pastos, tierras arrendadas, el cobro de determinados derechos sobre el comercio y por la utilización de las vías de comunicación constituían sus fuentes de ingresos. Estaban vinculados también al gobierno de las villas a través de ciertos cargos que el rey les ofrecía como pago a servicios prestados de carácter militar. Detentaban, por tanto, el máximo poder dentro de la estructura familiar. A ello había contribuido la evolución del sistema de herencias, que habia reforzado los mecanismos de indivisión del patrimonio familiar.
Diversos eran los mecanismos por los que un individuo o un colectivo, bien voluntariamente bien por la fuerza, entraban a depender de un pariente mayor y su linaje. Los dos más conocidos son la entrada en treguas y la encomienda y, en ambos, lo que el pariente ofrece es protección. los atreguados, que solían ser gente de condición libre (hidalgos u otro linaje), se comprometian a prestar sus servicios bélicos siempre que se les solicitara. Los encomendados, obligados al pago de ciertas cantidades y a prestaciones en trabajos, quedaban en una situación típicamente servil.
Si exceptuamos el Reino de Nafarroa, donde, lógicamente, la estructura social estaba mas desarrollada, los Parientes Mayores constituían la élite de la sociedad vasca. Por debajo de ellos, y en diferentes grados de dependencia, se situaban los hidalgos, labradores, collazos, peones, marginados, vagabundos, asaltadores de caminos, minorías...De todas formas, los bienes de fortuna y de posición social de los Parientes Mayores distaban mucho de poder equiparase con los de la nobleza de otras áreas próximas. El debil desarrollo agrícola, así como la condición libre de una buena parte de la población, se lo impidieron.
Veamos ahora porqué esta élite se tuvo que entregar a una despiadada guerra por demostrar su valía. ¿Qué es lo que se jugaban?
Ver aquí el contrato denominado de encomienda que en el año 1382 formalizó el Señor de Murgia con los vecinos de Astigarraga.
El complejo juego de alianzas y dependencias entre los linajes dió como resultado la formación de los conjuntos de rivalidades muy conocidos por todos: oñacínos contra gamboínos y agramonteses coontra beamonteses. Los primeros tienen su origen en araba, siendo los Mendoza la cabeza del bando oñacino y los Guevara del gamboíno. De todas formas fue en Gipuzkoa y en Bizkaia donde sus hechos alcanzaron una especial resonancia.
Por su parte agramonteses y beamonteses surgen de las disputas entre la casa de Luxe (cuyo bando fue posteriormente conocido con el nombre de beamontes) y la de Gramont, ambas de la merindad de Ultra puertos del Reino de Nafarroa. La implicación de estos dos bandos en una aparente cuestión dinástica, de transcendentales consecuencias para aquel reino, ha situado su pugna en otras coordenadas.
Ambos grupos de bandos rivales aparecen posicionados los unos respecto de los otros, sin que podamos saber el verdadero alcance de estas relaciones. Es decir los oñacinos se declaraban probeamonteses, mientras que los gamboínos proagromonteses.
Prácticamente todas las luchas que a escala local o comarcal mantienen los difentes linajes vascos aparecen bajo las formas de uno u otro conflicto y sus protagonistas afiliados a uno u otro bando. Tampoco faltaban casos de doble filiación, especialmente en zonas limítrofes, como es el caso de Bidasoa donde Alzates y Zabaletas se declaraban agromonteses y gamboínos los primeros, beamonteses y oñacinos los segundos.
Pero qué es lo que motivó este extraordinario despliege de violencia del que no hubo rincón de Euskal Herria que no se viera directa o indirectamente afectado? De hecho, las dimensiones que las luchas de bandos alcanzaron no parece que puedan ser atribuidas exclusivamente a la tendencia a guerrear propia de aquellas extensas parentelas.
Ya hemos visto que el pretigio de un linaje, su valía, se medía en hechos concretos. El mayor o menor número de miembros y la capacidad para la obtención de rentas marcaban las diferncias entre unos y otros linajes. Pues bien desde comienzos del siglo XIV, estas bases de poder sufren diversos reveses. Las causas parecen ser las siguientes: la crisis del siglo XIV que afectó a todo el occidente europeo con su secuela de hambres, pestes, descenso demográfico; el cese del proceso reconquistador de la península, que pudo suponer la liquidación de una fuente de ingresos para las economias nobiliarias y la aparición de una serie de núcleos urbanos jalonando las rutas que desde el interior se dirigen a la costa y en cuyo germen late un modelo de sociedad diferente al que capitaneaban los bandos.
Lo cierto es que los Parientes Mayores, nada dispuestos a soportar pasivamente el declive de su preeminencia social y de sus niveles de renta, intensifican su presión sobre los estratos mas bajos de la población. Comunidades campesinas son privadas de bienes comunales, se les obliga a mayores prestaciones o bien a encomendarse a un señor. A la población de las ciudades le son arrebatados ciertos privilegios concedidos por el rey, como podian ser el cobro de diezmos o de diferntes derechos sobre el comercio. Habitantes del campo y de las ciudades son sometidos, por otra parte, a toda una serie de robos y pillajes.
Las modestas proporciones del poder de esta nobleza (si lo comparamos con el de otras clases nobiliarias de países vecinos habían alcanzado) y el relativamente escaso excedente susceptible de apropiación que nuestra tierra proporcionaba nos dan otra de las claves del conflicto: la feroz competitividad entre los propios linajes.
En palabras del historiador J.A. García de Cortázar: lo que la historia tradicional ha resumido bajo el cómodo epíteto de luchas de bandos engloba en realidad, tres tipos de enfrentamientos: el de la nobleza rural vascongada con sus propios labradores, sobre quienes -para compensar la crisis del siglo XIV- agudizan la presión señorial; el de esa misma nobleza con las nuevas realidades socioeconómicas que defienden los habitantes de villas y ciudades, los burgeses, y, finalmente, el de los nobles rurales entre sí.
Acerquémonos al modo en que el conflicto quedó zanjado.
Frente a la violencia de los bandos, las comunidades afectadas opusieron diversas formas de resistencia. En muchas ocasiones las poblaciones urbanas o rurales, para escapar del agobiante yugo que un determinado pariente les imponía, entraban a depender de otro, rival de aquél; lo cual a contribuido no poco a ocultar la auténtica naturaleza del conflicto de bandos.
La fundación de villas durante el siglo XIV obedece a parecidas motivaciones: la búsqueda por parte de ciertas comunidades de la protección del rey para hacer frente al dominio señorial.
Tampoco faltaron sublevaciones que, aunque fueron drásticamente reprimidas (por ejemplo, el incendio de Arrasate, que en el año 1448 provocaron los gamboínos), contribuyeron a socavar las bases del poder de los Parientes.
En este contexto, una convergencia de intereses va a aglutinar a diferentes grupos sociales en torno a las denominadas Hermandades. Labradores, habitantes de algunas ciudades (no todas, ni, en ocasiones, las más importantes) y también sectores de la nobleza fueron entrando en ellas para defender sus objetivos. En un principio, sus acciones se dirigieron contra el bandidaje, el cual era potenciado o por lo menos amparado por los bandos.
Pero la alianza que de forma directa hizo frente al poder de los linajes no se constituyó hasta mediados del siglo XV. Momento este en el que los reyes de Castilla se comprometen (tenían buenos intereses) en la pacificación del territorio vasco. En el año 1957, Enrique IV ordenó el derribo de las casas fuertes de Gipuzkoa, disolvió las treguas y desterró a 18 Parientes Mayores. En 1483, los Reyes Católicos delegaron en la persona del licenciado CHinchilla poderes para acabar con los bandos de Bilbao. Este licenciado y los representantes de las villas vizcaínas aprobaron siete años más tarde, una serie de ordenanzas que pretendían socavar el poder de los linajes, pero que, al mismo tiempo, suponían un reforzamiento de la autoridad de la monarquía del Señorío.
A partir de ahora, un importante movimiento antiseñorial irrumpe con fuerza en Euskal Herria. Las cartas de hidalguía que numerosas comunidades logran son una consecuencia de ello. La hidalguía suponía la igualdad jurídica para las poblaciones que la conseguían.
Al compás de estos acontecimientos, la economía monetaria penetraba con vigor, tomando las riendas del poder local una nueva clase dirigente. En ella la oligarquía de las ciudades adquirió un importante protagonismo.
Los cimientos en los que descansaba la sociedad banderiza se tambaleaban. ¿Significó eso la desaparión física de los Parientes? No parece. Su poder económico e influencia social seguían siendo demasiado importantes. Además, no hay que olvidarlo, estaban vinculados al gobierno de las ciudades. Lo que iniciaron fue una lenta reconversión. Los antiguos vínculos basados en la consanguineidad ya no tenían sentido en la estructura social. De hecho, aliados a los grandes burgueses de las ciudades (quienes, por su parte, aspiraban a ennoblecer) formaron el nuevo bloque dirigente de la sociedad vasca. Ambos grupos no dudaron en marginar de los centros de poder al resto de la población. Ni tampoco dudaron en estrechar lazos con Madrid o París.
Con todo, los Parientes Mayores, o por lo menos algunos sectores de ellos, todavía opondrán resistencia a las nuevas realidades socioeconómicas. Por ejemplo, durante el período del emperador Carlos sube al trono, los años 1517-1521, y paralelamente al conflicto de las Comunidades de Castilla, intentaron aumentar su peso específico en la estructura provincial, en detrimento del papel de las ciudades. Todavía en el siglo XVII, los Sant-Per (sabelgorris) y los Urtubi (sabeltxuris) de Lapurdi protagonizaron nuevas luchas de bandos.
De esta casa descienden los Amezketa (antiguo linaje que participó notablemente en la lucha de bandos). El actual edificio se reconstruyó en el siglo XV y es destacable su escudo.
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